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  • Fabián Alfonso (Nano) Gómez T.

LA CURIOSIDAD EN EL ROL SOCIOPOLÍOTICO DE LA EDUCACIÓN

Actualizado: may 5

La curiosidad ha sido un móvil de la humanidad desde sus orígenes. Los psicólogos han denominado como “Edad de los por qué” a la etapa de crecimiento de entre los 2 y los 4 años. Es interesante observar cómo los seres humanos mostramos predisposición desde la infancia por conocer los porqués de los fenómenos que nos rodean. De hecho, la educación se institucionaliza movilizada por la curiosidad, por el afán humano de comprender el entorno.

Para los griegos era costumbre construir la relación de maestro y discípulo. Esta relación implicaba que el discípulo escogiera a una persona más conocedora y sabia para que compartiera sus conocimientos con él. Las personas optaban por ir tras la búsqueda del conocimiento; de esta manera nacen, la academia de Platón y el liceo de Aristóteles.

Sin embargo, y a pesar de que la Antigua Grecia se considere la cuna de la civilización occidental, esta civilización se ha visto transformada de forma contundente y se pueden apreciar interpretaciones diametralmente opuestas, como es el caso de la educación y la curiosidad.

Desde la revolución industrial, la forma en que los seres humanos occidentales comprendemos la vida se da en términos de productividad y rendimiento. La velocidad de nuestras vidas es orientada por la necesidad de producir resultados acertados en el menor tiempo posible. Esta cultura de la productividad permeó los sistemas educativos, dejando una marcada diferencia con la educación de la Antigua Grecia.


Si bien en la Antigua Grecia se impartían conocimientos cómo matemáticas, geometría, ciencias naturales y ciencias sociales, al igual que en los colegios de la actualidad; también habitaba en el lugar un sujeto que ha abandonado las aulas de los colegios: “la curiosidad”.

En un paralelo podemos ver los dos mundos académicos abriéndose una brecha cada vez menos reconciliable. Por un lado, podemos observar un adulto, con preguntas elaboradas a través de su experiencia, que desea descubrir la respuesta a esas preguntas y que simultáneamente construye preguntas nuevas. Por el otro lado, observamos a un niño, que aún no ha desarrollado un propio criterio, que va a una escuela a recibir conocimientos técnicos, estándares para convertirse en un ciudadano productivo.

En este contexto, la pregunta empieza a convertirse en un agente incómodo. Nos acostumbramos a preguntar solo para corroborar lo que ya sabemos, o de lo contrario, podemos pensar que nuestra pregunta no tiene sentido y quedaremos como unos tontos o que nuestra pregunta puede ser impertinente, invasiva o irreverente.

Existe un condicionamiento constante por parte de la sociedad para que no construyamos preguntas profundas, basadas en nuestras propias dudas o curiosidades. A la sociedad le interesa que el ser humano sólo se haga preguntas que lo lleven a obtener información, que lo convierta en alguien más productivo.

De esta manera, el concepto de inteligencia también empieza a adquirir una nueva connotación. Cuando se habla de una persona inteligente para el común, ya no se hace referencia a una persona con la capacidad de formular preguntas lógicas, resolver problemas, estructurar métodos o deconstruir un concepto. Actualmente la palabra inteligencia se asocia a “capacidad de acumulación de información”.




Sin embargo, estas apreciaciones culturales merecen ser mejor observadas y cuestionadas. Podríamos preguntarnos: ¿eran los griegos menos productivos que nosotros?, en caso de ser afirmativa la respuesta, ¿lo eran por su sistema educativo?, ¿es realmente necesario impartir la educación actual como un recital de conocimientos técnicos estándar?, ¿la inteligencia realmente tiene que ver con la capacidad de almacenar mucha información?, ¿cabe espacio para la duda o el cuestionamiento en el sistema educativo?

Medir a un ser humano por la capacidad de repetir una información que se le fue dicha con anterioridad, no hace mucha diferencia con la medición de rendimiento de una máquina. La educación requiere ser humanizada nuevamente y esto implica devolver la curiosidad al aula, implica permitirle al ser humano construir sus propias preguntas basadas en la experiencia.

Paulo Freire debió hacerse algunas preguntas similares, y en su observación se planteó una posibilidad de educación donde el estudiante fuera un participe activo del proceso educativo y no solo un elemento pasivo que recibe información para replicarla de vuelta. De esta manera funda una corriente pedagógica llamada “Pedagogía Crítica”, donde el aprendiz o estudiante se ubica en un contexto real con un rol real en la sociedad.


La pedagogía crítica reconoce al ser humano como fuente de interpretación de los conocimientos y por lo mismo carga a quien enseña y quien aprende de un poder político. En ese quehacer político inherente al ser humano, este debe ser educado no para recitar conocimientos técnicos postulados por el sistema cultural y político imperante, sino que debe ser educado para pensar críticamente de tal modo que pueda cuestionar los sistemas que lo rigen, ya sean naturales o establecidos por la humanidad.


Así, permitiendo a niños construir preguntas espontáneas en las aulas, que expandan la posibilidad de la investigación interdisciplinar y la duda, y respondiendo con coherencia y lógica estructurada sus cuestionamientos en casa, podríamos recuperar algo de semejanza la Antigua Grecia, donde el propósito de la educación no iba adherido a la búsqueda económica-política de la productividad, sino al rol humano ético y político que se soporta en la relación estrecha que hay entre la interpretación del conocimiento y el bienestar de la sociedad.



Fabián Alfonso Gómez Tenorio

Ingeniero Civil

Facilitador Prime

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